Me sentía hinchada como un globo. Todos los días.
No importaba si comía ensalada o
tomaba litros de agua.
Mi abdomen parecía el de una
embarazada. Pero no había bebé.
Mis piernas pesaban como si
llevara plomo. Especialmente al final del día.
Toda la ropa se me clavaba y se
me quedaba marcada.
Estaba amargada.
Desesperada. Ya no sabía qué más hacer.
Lo más frustrante era que había
intentado de todo:
Dietas
"antiinflamatorias". Tés detox. Cápsulas drenantes caras. Masajes
linfáticos de $30.000 la sesión. Agua tibia con limón en ayunas.
A veces bajaba un poco la
hinchazón... pero siempre volvía.
Gasté más de $400.000 en un
año. ¿El resultado? Nada. Seguía igual de hinchada.
Y lo peor era cuando iba al
médico.
"Haz más ejercicio".
"Come menos sal". "Es parte de la edad".
Me hacían sentir que era mi
culpa. Que no me esforzaba lo suficiente. Que exageraba.
Empecé a pensar que quizás así
tendría que vivir el resto de mi vida.