Tengo 47 años. Trabajo en una oficina. Paso sentado 10 horas al día.
Hace un par de años empecé a notar que mi abdomen crecía. No de forma exagerada, pero suficiente para que los pantalones me apretaran y las camisas ya no me quedaran bien.
"Es la edad", me decía. "Es el
metabolismo lento", repetía.
Intenté de todo:
— Reducir las cervezas (casi las eliminé)
— Comer menos pan y harinas
— Volver al gimnasio (cuando podía)
— Tomar más agua
— Suplementos "quema grasa" carísimos
Nada funcionaba.
La panza seguía ahí. Dura. Hinchada. Como si tuviera un globo adentro.
Y no era solo el abdomen. Terminaba cada día con las piernas
pesadas, como si hubiera corrido un maratón cuando lo único que hice fue estar
sentado. Me levantaba con la cara hinchada.
Sentía un cansancio constante que
el café ya no podía arreglar.
Mi médico me dijo que era "normal para mi edad". Que hiciera más ejercicio. Que comiera mejor.
Ya lo estaba haciendo. Y nada cambiaba.